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El que decide creer

Escrito por el febrero 15, 2021

—¿De qué me conoces? —le preguntó Natanael.

—Antes de que Felipe te llamara, cuando aún estabas bajo la higuera, ya te había visto.

—Rabí, ¡tú eres el hijo de Dios! ¡Tú eres el Rey de Israel! —declaró Natanael.

—¿Lo crees porque te dije que te vi cuando estabas debajo de la higuera? ¡Vas a ver aun cosas más grandes que estas!

Juan 1:48-50

El pasaje del llamamiento de los discípulos en el evangelio de Juan se me hace muy extraño a ojos modernos. A nuestro entender, parece que falta información, porque ellos parecen, sencillamente, creer y seguir a Jesús, sin más. La manera de ‘fliparlo’ (perdón por la expresión coloquial, pero lo que hace Felipe es “fliparlo”, en lenguaje moderno) cuando se encuentra con Jesús y él dice que le reconoció bajo la higuera hacía un rato, sin saber quién era, por un lado sigue hablando de esa extraña concepción del tiempo eterno frente al humano que experimentaba Jesús (del que hablé la semana pasada), y por otro lado parece que necesita un flujo extra de información que hay que destilar del texto, leyéndolo poco a poco, dejándose introducir en la atmósfera de aquellos años, de aquella época tan oscura, sin ninguna esperanza espiritual.

En todas partes de la Palestina de aquella época hay gente perdida. Tenían casas, trabajos, y una cierta estabilidad social; hablo de no tener esperanza. Creo que su época se parece mucho a la nuestra. Los discípulos encontraron en Jesús la ventana abierta a la verdad y a la esperanza que cualquier persona necesita para que la vida no sea mera supervivencia, sino para que se pueda experimentar como el auténtico regalo que es.

Había algo en la presencia de Jesús, algo refrendado por las palabras del Bautista (a quien tomaban por alguien veraz). Ese algo le acompañó todo el ministerio. Era una luz invisible, auténtica, que atraía a la gente. Un poco más atrás, son otros de los discípulos los que le dicen a Jesús que le van a acompañar un rato más, a ver dónde se hospeda. Hay que tener en mente las formas sociales de la época, tan distantes a la nuestra. Interesarse por dónde vivía alguien era una muestra de amabilidad, no una intromisión en su espacio personal. 

Hago un inciso: me pregunto dónde viviría Jesús, que no se nos dice. Cómo sería su cama, su pequeña maleta, sus pequeños enseres personales. Cómo sería asomarse a ese espacio privado que Jesús hace público voluntariamente, como todo lo suyo, para derribar cualquier barrera que apartase a la gente de él y de Dios.

Hubo algo en la sencillez del Rabí que les cautivó y les hizo creer, y creo que es difícil que aparezca en el texto porque tiene que ver con la propia personalidad de Jesús. En otros lugares del evangelio se nos asoma a esa realidad cuando se le describe diciendo que “hablaba como quien tiene autoridad”. Es una expresión muy peculiar, muy difícil de clasificar. Los evangelios son relatos escritos en un momento de la historia en que no existe la tradición ni las herramientas para realizar una descripción psicológica como a las que estamos acostumbrados ahora. Las técnicas narrativas son tan rudimentarias como su pintura o su arquitectura. Pero podemos ver un poco más allá. La forma de hablar, la presencia, el “aura” (no en un sentido metafísico, sino psicológico) de Jesús son lo que hace que la gente decida creer que él es el Mesías. Los propios discípulos lo creen en un primer momento sin mucho problema: se puede ver su sorpresa, pero yo también percibo su necesidad. 

Yo no sabría decir qué me lleva a creer a mí, más allá de mi decisión de creer. Y, ojo, decidir creer no es una debilidad, ni una muleta mental. Todos decidimos creer en algo por necesidad y por sorpresa. Quienes deciden dejarse llevar por las teorías conspiranoicas más bizarras lo hacen por la sorpresa que les causan sus afirmaciones (porque esa sorpresa resuena en su decepción constante por la vida) y por la necesidad de encontrar sentido en un mundo desbocado. El modo en que estas personas deciden creer en una idea descabellada me señala que su forma de creer, su necesidad, no es tan diferente de la mía ni de la de los discípulos.

Hay sorpresa y hay necesidad, sí, pero no hacia una idea, sino hacia una persona real. La maravilla de la presencia de Jesús es que es real, aun hoy día. Es una persona, no un corpus de conceptos abstractos. Jesús es una persona, no una simple idea. Quien no se acerca a él con esta simplicidad, es muy fácil que, aun queriéndose saber cristiano, se acabe desviando de las mil maneras que ya conocemos.

Incluso Judas, el que le traicionó, creía en la persona de Jesús. No hay duda de ello. Y deberíamos revisarnos nuestras creencias y ver si, despojadas del peso de nuestra realidad, de la desesperanza y el descontrol que nos rodea, es posible que Jesús mismo, como persona que vivía, caminaba y habitaba un lugar concreto, como persona resucitada que sigue viva hoy, pueda ser un centro gravitatorio incapaz de ser desbancado. Podemos dejar de creer en el cristianismo, en la iglesia, en la decencia y el orden, por decir algo, pero me pregunto si, detrás de todas nuestras crisis de fe, Jesús sigue en pie, con su sola presencia, porque es innegable.

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